HISTORIA · ARQUITECTURA
Sillar, sillería y arquerías
Los secretos arquitectónicos de un monasterio construido para resistir los siglos
El monasterio fue construido emulando la distribución urbana arequipeña colonial. Cuatro barrios, calles internas y claustros conforman más de 20,000 metros cuadrados de arquitectura única.
El Monasterio de Santa Catalina ocupa más de 20,000 metros cuadrados en pleno centro histórico de Arequipa. Su trazado no es casual: replica, a escala íntima, la distribución urbana de la ciudad colonial de los primeros años, con calles, plazas y barrios que llevan los nombres de antiguas ciudades españolas — Sevilla, Córdoba, Toledo, Granada, Málaga y Burgos.
Caminar por sus calles es atravesar siglos. La luz rebota en los muros de sillar — esa toba volcánica blanca y rosada que define la arquitectura arequipeña — y se filtra entre arquerías de medio punto que sostienen techos abovedados.
El sillar, materia y memoria
Extraído de las canteras cercanas a los volcanes Chachani (sillar blanco) y Misti (sillar rosado), este material permitió levantar muros gruesos y resistentes — algunos de hasta cuatro metros de altura — capaces de soportar los movimientos sísmicos frecuentes en la región. Su tonalidad clara, casi luminosa, define la atmósfera contemplativa del conjunto y es la razón por la que Arequipa es conocida como la "Ciudad Blanca".
Cuatro barrios, una microciudad
Las celdas de las religiosas se organizan en cuatro barrios, cada uno con sus propias plazas, fuentes y patios. Muchas celdas individuales contaban con cocina, sala y dormitorio propios — una particularidad nacida de la costumbre de que cada religiosa, generalmente proveniente de familias acomodadas, costeara y diseñara su propio espacio. Esta autonomía permitió a la comunidad sostenerse durante siglos sin depender del exterior.
Arequipa, fundada en 1540, fue elegida por su belleza natural, su clima templado y la abundancia de un material de construcción único: el sillar, una toba volcánica porosa y de gran ligereza que permitió levantar formas arquitectónicas de notable valor estético, con fachadas imponentes y finos detalles tallados. Este oficio dio identidad a la ciudad y la convirtió en uno de los centros coloniales más singulares del continente. Su estilo arquitectónico es fundamentalmente colonial, pero de naturaleza mestiza: en Santa Catalina se observa con especial nitidez la fusión de elementos españoles e indígenas, hasta generar una creación propia.
Los terremotos que sacudieron Arequipa desde 1582 destruyeron las primitivas edificaciones del monasterio y también las propiedades de los familiares de las religiosas, sobre las que recaían los censos que garantizaban la economía futura del convento. De esta circunstancia nació, paradójicamente, la ciudadela actual: ante un dormitorio común dañado y una comunidad creciente, las familias optaron por construir celdas individuales para sus hijas. Durante casi dos siglos, los claustros y celdas se modificaron, ampliaron y reconstruyeron, configurando un verdadero muestrario de la arquitectura colonial arequipeña.
Las bóvedas de cañón, los arcos rebajados y los contrafuertes laterales conforman un vocabulario arquitectónico coherente, refinado por el oficio de generaciones de canteros arequipeños.
"Para edificios monumentales, en tierra de gran luz, no hay piedra más hermosa que el sillar."
