HISTORIA · SOR ANA DE LOS ÁNGELES
Sor Ana de los Ángeles, primera beata peruana
1602 — 1686
Religiosa dominica, mística y profetisa. Pasó casi toda su vida tras los muros del Monasterio de Santa Catalina y fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 2 de febrero de 1985, durante su visita a Arequipa, convirtiéndose en la primera arequipeña elevada a los altares.
Ana Monteagudo Ponce de León nació en Arequipa el 26 de julio de 1602, hija del español Sebastián Monteagudo de la Jara y de la arequipeña Francisca Ponce de León. Fue la cuarta de ocho hermanos. Su partida de bautismo se perdió en el incendio de la Iglesia Mayor de Arequipa en 1620, por lo que algunas fuentes manejan también el año 1604 como posible fecha de nacimiento, aunque la Iglesia y la mayoría de los historiadores asumen 1602.
A los tres años, sus padres la entregaron a las religiosas catalinas del Monasterio de Santa Catalina para su educación. Allí nació su vocación. Sus padres la retiraron del monasterio durante la adolescencia, con la intención de comprometerla en un matrimonio ventajoso, pero ella insistió en consagrarse a Dios. En 1618 inició el noviciado y añadió a su nombre el apelativo "de los Ángeles".
Su vida transcurrió íntegramente entre los muros del monasterio: más de seis décadas de oración, penitencia y servicio. En 1647, ya como Maestra de Novicias, fue elegida priora a pedido del obispo Pedro de Ortega Sotomayor, y emprendió una reforma profunda de la disciplina conventual.
Vida mística y escritos
Sor Ana mantuvo una intensa vida espiritual marcada por el silencio, la mortificación y la caridad con las hermanas más jóvenes y enfermas. Quienes la conocieron le atribuyeron numerosas visiones proféticas: la tradición recoge un total de sesenta y ocho predicciones cumplidas, en muchos casos de carácter necrológico — anuncios de enfermedades, curaciones inesperadas o muertes inevitables — que la convirtieron en una figura espiritual reconocida en toda la región.
Mantenía además una devoción singular por las almas del Purgatorio, a las que llamaba "sus amigas" y por las que rezaba incesantemente.
Últimos años
Los últimos años de Sor Ana transcurrieron en la oscuridad de la ceguera, con grandes dificultades para caminar y dolores que aceptó con humildad y plena confianza en Dios. Falleció el 10 de enero de 1686. La tradición conventual recuerda que su cuerpo no necesitó ser embalsamado por el aroma que despedía, y que un pintor llegado al monasterio para retratarla aquejado de fuertes dolores e hinchazón sanó por completo al concluir el lienzo — el único retrato fiel que se conserva de su rostro.
Fue enterrada en el coro bajo del templo del monasterio, donde su tumba sigue recibiendo cada año a peregrinos de todo el Perú.
Beatificación
El proceso de beatificación se inició el 17 de julio de 1686, apenas seis meses después de su muerte, impulsado por las propias monjas catalinas y el obispo de Arequipa Antonio de León y Becerra. El expediente enviado a Roma se perdió — probablemente en un naufragio — y la causa quedó suspendida durante siglos.
En 1981, el papa Juan Pablo II reconoció oficialmente como milagro la curación inexplicable de María Vera de Jarrín, atribuida a la intercesión de Sor Ana. El 2 de febrero de 1985, durante su visita pastoral al Perú, el mismo Pontífice la proclamó beata en Arequipa, ante miles de fieles.
Su tumba, en el coro bajo del monasterio, sigue siendo lugar de peregrinación.
"A los obispos y sacerdotes ayudó con su oración y su consejo; a los caminantes y peregrinos que venían a ella, los acompañaba con su plegaria."
Hitos históricos
Hitos de su vida
1602
Nacimiento en Arequipa
1605
Entregada al Monasterio para su educación
1618
Inicio del noviciado dominico
1647
Elegida priora del Monasterio
1686
Fallecimiento el 10 de enero
1981
Reconocimiento del milagro
1985
Beatificada por Juan Pablo II
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1602
Nacimiento en Arequipa
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1605
Entregada al Monasterio para su educación
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1618
Inicio del noviciado dominico
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1647
Elegida priora del Monasterio
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1686
Fallecimiento el 10 de enero
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1981
Reconocimiento del milagro
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1985
Beatificada por Juan Pablo II
